Era una tarde de otoño, de esas frías en donde las hojas tristes de los árboles caen sin que haya viento. Yo llevaba mi abrigo gris y tú te cubrías con tu chaqueta negra, esa que te queda tan bien.
Nos encontramos en plena Alameda, en plaza Italia, el lugar perfecto para un par de despistadas almas. De lejos nos vimos, caminamos casi corriendo para abrazarnos, pero al estar frente a frente el tiempo se paró. Las micros dejaron de circular, los perros dejaron de ladrar y la gente dejó de respirar. Sólo fuimos tú y yo en cinco minutos, hundidos en esas profundas miradas que imploraban el abrazo. Esbozando una sonrisa te dije hola, y tu respondiste acercándote con un beso en mi mejilla. El mundo volvió a ser el de siempre y nosotros también. Caminamos calentando nuestras manos, hablando de nuestras vidas, del trabajo del estudio, de lo bella que estaba la tarde, mientras yo trataba de acercarme a ti.
Encontramos una banca vacía, nos sentamos. Yo estaba nerviosa, tu fumabas un cigarro. El silencio se apodero de la situación, yo te miraba mientras tu agachabas la cabeza. Respiré profundo, me armé de valor y en voz baja dije “te quiero”. Te paralizaste. Me miraste, y mis mejillas tomaron un profundo color rojizo. Me paré para pasar aquel bochornoso espectáculo, pero no había sido así. Apagaste tu cigarro, me seguiste y tomaste mi mano. Me miraste con esos profundos ojos café. Con la otra mano tomaste mi cara y con un gesto me entregué a ella. Y en ese instante me besaste. Por largo tiempo lo imaginé, pero la realidad superó la ficción. Me abrazaste con fuerza mientras los árboles nos regalaban una hermosa lluvia café. Te abracé, y así nos quedamos. Acariciaste mi cabello, y no podía creerlo. Anochecía y los colores en el cielo eran perfectos. Dijiste que me querías y que no querías estar sin mí. Y mi corazón latía cada vez más fuerte con cada palabra que salía de tu boca. Yo tampoco – respondí.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment